lunes, 28 de junio de 2010

Vida alrededor del agujero

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Más de 50 casas tuvieron que ser desalojadas. Sus propietarios tienen ahora que alquilar o pedir posada, podrían tardar hasta un año en volver.

Marta Sandoval msandoval@elperiodico.com.gt

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Uno de los niños patea la pelota con fuerza, tanta que el portero apenas logra rozarla con la punta de los dedos. Rebota en el asfalto y rueda calle abajo, hasta atravesar los toneles amarillo con negro, la señal que separa el sitio donde se puede jugar, de la zona de peligro. “Córrela, se va ir al hoyo”, grita uno de los pequeños mientras el otro corre tras ella, a lo lejos está la pared de lámina que cubre al hoyo, temen que la pelota vaya a estrellarse contra ella, pero un policía sale al paso, la atrapa y la devuelve con un puntapié. “Buena onda”, gritan los chicos y vuelven al partido.


La vida en Ciudad Nueva cerca de agujero, sigue su curso, los niños corren en las calles, las mamás pasean a sus hijos en los carruajes y las tiendas despachan con normalidad. Pero hay algo extraño y se siente; todos saben que Ciudad Nueva ya no es la misma, que no es el sitio seguro y feliz donde crecieron los padres y los abuelos construyeron sus ilusiones. La tierra se tragó una casa y aunque traten de ignorarlo, es imposible olvidarlo.


Alma no lo olvida, pero vive sin ponerle mucha atención, es mejor. Su vivienda está detrás de los toneles, a tres casas del agujero. Hace un mes todos sus vecinos se fueron, las autoridades les dijeron que no era seguro permanecer allí. Alma vio a todos cargar sus carros con lo que pudieran rescatar, pero ella y su familia no movieron nada, nunca se fueron. “Hay un Dios allá arriba que nos protege por eso nos quedamos”, dice, “pasamos unos días sin agua y sin luz, pero ahora todo está normal”.


De acuerdo con Augusto López, presidente de la Asociación de Vecinos, el área tras los toneles, donde hay peligro, abarca 64 casas, de las cuales 4 siguen habitadas, “queremos pedirle al Procurador de los Derechos Humanos que nos ayude a convencer a la gente de que salga, de que es más seguro estar fuera de esa zona”, explica. Pero irse significa afrontar gastos no contemplados. De acuerdo con López los trabajos podrían tardar entre 8 y 12 meses, lo que se traduce en un año de pagar renta en otra parte.

El regreso

Claudia, que vive a dos casas del agujero, se fue el mismo día de la tragedia, pero decidió volver el lunes pasado. Encontró su casa sin agua. Llamaron a Empagua, llegaron, abrieron hoyos en el frente y luego se fueron. Les dejaron peor, sin servicio y con el asfalto levantado. “Pregunté por qué se habían ido, me dijeron que por una orden del Alcalde se pasaban a trabajar al paso a desnivel de la Martí”, comenta.


La familia de María sigue viviendo en casa ajena, residían a tres casas del agujero. “Nos cambió la vida totalmente”, dice María que ahora tiene que levantarse antes de que salga el sol para llevar a sus hijos al colegio, que queda en Ciudad Nueva. Viven en Mixco y el trayecto que antes hacían en cinco minutos ahora les toma una hora. “Me preocupan mis papás, ellos están muy tristes, a veces hasta pienso que se van a enfermar”, cuenta. Sus padres tenían muchos años de vivir allí, en la colonia donde criaron a sus hijos y vieron crecer a sus nietos.


“Nadie nos ha dicho cuándo vamos a poder regresar”, relata María, “de momento tengo todas las cosas repartidas en distintas casas, si necesito algo ya no sé ni dónde buscarlo”. Lo que no ha faltado en la vivienda que tuvieron que abandonar son los cobros, el recibo del agua llegó puntual: Q150 a pesar de que todo este tiempo no han tenido ni gota.


A tres cuadras de la zona de riesgo está el colegio Trazos, que sigue sus clases normales, cerró sólo por tres días. Los niños siguen llegando como siempre, a excepción de tres cuyos padres todavía tienen miedo de enviarlos.


El partido de los niños se vuelve aburrido. “Medio tiempo”, grita uno y los cuatro corren a la tienda de la esquina, compran latas de gaseosa y se sientan en la banqueta; el policía que cuida la zona se despereza.