jueves, 28 de febrero de 2008

Opinión Pública

Estimado visitante a continuación le presentamos la columna que fue publicada en ElPeriódico el día 28 de febrero de 2008.

Opinión:
Resistencia de un barrio ante la depredación
Tu Muni contribuye a destruir lo que otrora fue un barrio ejemplar, la Ciudad Nueva.
Por: José García Noval/Colaboración

Los vecinos pioneros de Ciudad Nueva de la zona 2 capitalina jamás pensaron que ellos, o sus descendientes, serían testigos de los “esfuerzos municipales” por contribuir a la destrucción de lo que otrora fue un barrio ejemplar. Si bien es verdad que la comuna no es la única responsable del fenómeno, sí parece justificada la convicción de los vecinos de que sobre ella recae gran peso de responsabilidad, por acción y por omisión. El barrio por décadas se mantuvo exento de los diversos tipos de contaminación que hoy agobian a nuestras concentraciones urbanas. Hoy el rostro de este enclave es más bien deprimente, y un caso paradigmático del deterioro urbano. Como en otras zonas de la ciudad, el panorama está ensombrecido por la criminalidad y otras amenazas derivadas de la vulnerabilidad de la zona que los vecinos atribuyen en alguna medida a la interferencia municipal para reforzar la seguridad. A ese malestar se añaden las ya graves contaminaciones de ruido que las autoridades de diversas instancias han permitido, a pesar de ser consecuencia de actividades prohibidas por la ley, que han sido denunciadas por los afectados; no faltando, por supuesto, la invasión de iglesias para las que el discurso de “caridad cristiana” es más cercano a la tortura “amplificada” que al espíritu y palabra de Jesús de Nazareth. Más grave resulta la contribución directa de la Municipalidad capitalina al malestar. En el margen oriental del barrio existe un terreno que los vecinos, con documentos, prueban que fue donado para la construcción de un parque (Las Victorias). Pero, denuncian los vecinos, “la Muni se lo robó”, pues ha utilizado el terreno para alojar maquinaria pesada que todos los días, saliendo en caravana –camiones cisterna, cargadoras frontales, aplanadoras y otros vehículos pesados–, hace temblar las casas y, no importando la hora, esparce su ruido acompañado de una carga densa de humo en un sector del barrio. Las consecuencias son evidentes: interrupciones del sueño, molestias respiratorias y la ya evidente destrucción y devaluación de la propiedad. En resumen, un calvario cotidiano. Por cierto, la vocera municipal se equivoca y miente al decir que desde hace 50 años se utiliza de esa manera el predio. Se equivoca porque ese no es un argumento que justifique la depredación municipal. Miente porque hace 50 años los jóvenes y niños del barrio utilizaban ese lugar para una entretenida diversión conocida como “barranquear”. Además, el tránsito desesperante de vehículos pesados se empezó a hacer notorio en el último quinquenio. Las demandas de los vecinos, en lugar de ser vistas como un derecho comunitario dentro de una pretendida democracia, han desencadenado la “furia” municipal; al extremo de observarse acciones de revancha como la de enviar trabajadores municipales a quitar las mantas de convocatoria para reuniones de un comité, incluyendo la colocada en la baranda de la iglesia católica local. Por supuesto, y como era de esperarse, los vecinos señalan indignados que los altos funcionarios munícipes no permitirían que les interrumpieran el sueño, ni que les contaminaran su delicado sistema respiratorio, ni que las veleidades institucionales incrementaran el riesgo de sus hijos ante el incremento de la delincuencia y ¡menos aún! que afectaran su propiedad.